sábado, 27 de diciembre de 2014

Un regalo diferente


En la víspera de Nochebuena, Nelly preparó una cena formidable y repleta de deliciosos aromas.
El olor a jazmín y chocolate impregnaban el hogar.
Su mirada cansada observó la sala con añoranza; suspiró, ante la calidez de una casa llena de silencios.
La soledad, regalo a repetición, nuevamente no parecía el más acogedor de todos.
Año tras año la cena se enfriaba y ella comía, iluminada por el destello intermitente de un pino de plástico.

El timbre la sorprendió. Villancicos otra vez no, por favor.
En el umbral de la puerta sus hijos y nietos se hicieron presentes para compartir la velada; no los esperaba, estaban siempre muy ocupados.

Sus ojos color miel recibieron las visitas, sus manos siempre dispuestas dieron la bienvenida con amor.
¿Adónde irían a parar los rencores, temores o remordimientos? No lo sabía, hoy no había lugar para ellos, no esta noche.

De lo único que Nelly estaba segura era que estrenaría recuerdos de una Navidad diferente.
Y allí se quedó, como en un sueño y con las manos arrugadas reunidas en su bastón, contemplando una mesa sin sillas vacías y el eco de las carcajadas de sus nietos inundando el lugar.





*Mi participación en el CONCURSO DE MICRORRELATOS NAVIDEÑOS del CÍRCULO DE ESCRITORES.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Cuerpos de neón

El ruido de la multitud no le permitía escuchar con precisión.
Avanzaba, dando tumbos en dirección contraria a la masa de gente. Observó su reflejo en una vidriera y se halló a sí mismo buscando. ¿Qué buscaba?
Buscaba un pensamiento nuevo, una idea libre y multicolor, palabras que bailaran en el aire y sueños que se enredaran con los suyos. ¿Por qué todos vestían de gris? ¿Por qué caminaban al unísono y su cabello caía inerte? Las manos le sudaban de ansiedad y los cuerpos a su lado seguían recorriendo abstractos y absortos en sus mundos de cristal.
No parecían verle ni escucharle, sólo tomaban contacto con él cuando les era necesario moverlo del camino. Parecían solitarios y atados a su vez, ¿atados a qué?. Su marcha unánime y sus miradas pálidas emanaban tanto frío como el tacto con su piel.

Y él tropezaba con unos y otros, anhelando aunque sea un rastro de luz, un signo de distinción, un aliento de vida.
Pero no encontró nada, más que la nada misma, y su alma de fuego seguía hirviendo en su interior. 
Necesitaba con urgencia drenar la pasión que borboteaba por su cuerpo y se mezclaba polifacética.
Era tan alto el sonido de su ambición y tan ácido el sabor del delirio que se sorprendió de que no se elevara por entre la uniformidad de las voces que lo rodeaban; delatándolo y obligando al resto a voltear la cabeza en dirección al desconocido.

Su temperatura corporal seguía aumentando, no podría soportarlo mucho más. El líquido frenético golpeaba fuerte contra su revestimiento interno, tanto que le zumbaban los oídos y se le nublaba la vista. Tendría que soldar esa mezcla poderosa con alguna de esas almas vacías, no podría él solo contener ese zumo avasallador que pedía escapar de su envase insuficiente. ¿Cómo aplacaría sino ese ardor insoportable? ¿Cómo calmaría el temblor constante de sus piernas y la avidez permanente de sus párpados?
No perdió la esperanza, continuó buscando, pero todos caminaban iguales.

El aire olía a metal y las voces cada vez se escuchaban más alto. ``El tiempo se agota``, pensó perturbado.
Intentó tomar la mano de algún extraño, pero la unión se tornó imposible, cual agua y aceite. Sus rodillas le fallaron y se estrellaron contra el pavimento pulido y seco. Arqueó su espalda y su rostró hacía la atmósfera densa y turbia. Sus ojos se encontraron con un montón de figuras humanas fluyendo por todas partes, con el color de la plata y la gracia de una piedra. Sintió el dolor de su propia existencia más real que nunca y la piel de su toráx comenzó a partirse en dos. Resquebrajándose como una tela vieja y usada, de costura firme e hilos gruesos. Su boca se abrió para expedir el grito que anunciaba la locura del hombre torturado por su propio contenido.

Explotó en un centenar de luces, de fuegos y de gases que se extendió por todas partes más allá de la ciudad; cayendo como lluvia de lava ardiente, embadurnando cada recoveco y hundiéndose en cada cosa en movimiento.
Los antes impenetrables cuerpos grises comenzaron a absorber el líquido caliente y el aire espeso se deslizó por su columna vertebral. El nuevo ingrediente quemaba como el hierro fundido y el jugo de la vida se acomodó en su interior. La mirada perdida de esos cuerpos se alzó luminosa, observando a su alrededor con desconcierto y pavor. Esa nueva composición les pedía transformarse y no pudieron resistirse a su irrevocable ferocidad. 

Crearon un sinfín de melodías con sus voces renovadas y sus risas aplacaron la aspereza del ambiente. Ahora, el contacto en armonía era lo único que conocían aquellos organismos y su única forma de funcionamiento. No conseguían sobrevivir sin las palabras, los colores, la música, y se debilitaban si cedían a la inacción y el olvido.
Mejoraron su sistema a través del canto, y al caer la tarde, sus cuerpos de neón iluminaban la ciudad. Formaron comunidades compasivas y eficientes; encontrando en el otro un manantial de sabiduría. Se apagaban si no se rodeaban del arte, entristecían si no palpitaban cada instante con intensidad.
Ya no podían vivir sin el deseo; no querían EXISTIR sin la pasión.


                                                          Fotografía de Lisa Stroeher
 


miércoles, 3 de diciembre de 2014

Algo nuevo


El canto del pájaro libre la trasladó a su propia esclavitud.
Imaginó qué se sentiría poder alzar la voz y decorar el aire en diferentes matices de expresión y pensamiento.
Fantaseó con batir sus brazos y elevarse en vuelo, desconectada de la tierra y su tiranía. Despojada de todo, y a su vez, llevando consigo las únicas cosas que necesitaba: su sencillez y curiosidad.
Observó la luz del alba y un millón de rayos se posaron sobre su pecho, fugándose de su cuerpo a través de un tenue suspiro. Renunciando al abandono y a la soledad, se puso en pie y avanzó hacia la reja perversa que cercaba su ansia de vivir.

No le importó el verdugo que quería detenerla a sus espaldas, ni tampoco el dolor de las púas clavándose en su palma derecha, porque existía un dolor más absoluto que ese y más ardor que el de los proyectiles que rasgarían su cuerpo al escapar.
Sus pies no conocían el límite, su torso se desplazaba cortando el aire y su mirada obstinada no titubeó ni se detuvo.
Nada le causó mayor placer que la hierba fresca acariciándo sus pies. El exterior le pareció enorme y difícil de explorar, pero aún le quedaban fuerzas para avanzar y seguir soñando.
El anhelo de una vida diferente era más que una ilusión. Lo había ideado tantas veces y tantas veces mejor era sentirlo, que no importaba lo demás.

Ni siquiera ese líquido rojo y caliente que notó descender de su vientre, ni tampoco el estruendo que iba abriéndose paso.
El olor del nuevo amanecer era más vívido que el de la pólvora y las nuevas heridas no tendrían lugar en donde habitar. Ya nada podría hacerle daño; había triunfado.
El miedo y la cobardía formaban parte de un pasado oscuro, silencioso, y tan lejano que la realidad empañaba su recuerdo. Sus piernas cedieron lentamente y sintió como entregaba su energía al suelo. Su mejilla izquierda se hundió en el pasto convirtiéndose en uno solo y su respiración entrecortada se fusionó con el barro, llenándolo de ALGO NUEVO.