domingo, 29 de noviembre de 2015

Mi tempestad

Desharé los dolores vetustos anudados en el fondo de mi piel.
Sacudiré el polvo de mi apolillada chaqueta y alzaré la espalda desnuda. 

Caminaré, despojada de las arremolinadas voces externas, que se multiplican con cada decisión, divertidas en su cuchicheo incesante e impidiéndome oír mis propios pensamientos.
 
Así podré atender a mi voz, comprendiendo con paciencia y bondad las verdades que guarda para mí.

Y los papeles ajados, acumulados por costumbre en mi mochila, arderán en el fuego del abandono. 
 
Estaré atenta a la tormenta que se avecina, a mi tempestad espesa y sin nubes; espesa de temores que secan las ilusiones, que atenúan los sabores de mi existencia.
 
Espesa de inseguridad y sufrimiento, de mis contradicciones, de mi desidia.
 
El ácido aguacero se desplomará por lo que queda de mi entereza, y soplaré con fuerza el rencor, cruel sobreviviente del olvido.
 
Escucharé las gotas repiquetear en mi conciencia.
 
Y me observarás, me verás partir a través de tu ventana mientras mi nítida imagen se arrastra junto al agua que cae, y desaparece.
 
Dejaré que la lluvia me limpie, que emborrone mi figura...
 
Que barra lágrimas secas y despegue de mis párpados la densidad del pasado.
 
Que desdibuje todo lo que no soy, todo aquello a lo que no pertenezco.
 
Que me conceda un cielo renovado; un viento fresco matizado con nuevas fragancias.
 
Revistiendo el aire de confianza, nutriéndome de amor propio y entendimiento.
 
Dejaré que mi lluvia me limpie...



Fotografía de la red.

















Aniversario del blog:

Muchas Gracias a todos los que dedicaron minutos de sus vidas a leer mis letras, a comentar y compartir mis textos. Encontré una red social en la que me siento a gusto, comunidades que brindan un espacio ameno y respetuoso en donde los participantes pueden difundir su creatividad y expresarse libremente.
 
Tuve el placer de interactuar con personas sensibles y apasionadas por lo que hacen; de descubrir mundos ricos e interesantes de escritura y otras formas de expresión.
¡Y me apetece quedarme!, seguir aprendiendo y seguir leyendo a los enamorados de las letras que voy conociendo a través de este medio.
Vuelvo a agradecerte por haber venido y por compartir conmigo un trocito de ti a través de tus palabras. Un abrazo apretado :)



Fotografía editada. Obra original de Alejandro Costas.

miércoles, 28 de octubre de 2015

El personaje de Sue

La brisa otoñal movía con impaciencia la puerta trasera. El bullicio del exterior se asomaba de a ratos pero no conseguía desconcentrar a Sue de la escritura, estaba absorta en el relato que llevaba escribiendo durante horas.

En el sala principal sólo alcanzaba a oírse el sonido de su garabateo y el roce de su mano izquierda contra el papel.

Iba dando vida a su creación conforme la veía en su mente y con el lápiz sacando chispas.
Su personaje lucía un vestido blanco que eterno se fundía con la hierba, y una cadena de plata en el cuello. Su mirada, también plateada, estaba desprovista de toda oscuridad, de toda malicia.

La imaginó alejada de convencionalismos, así la eligió y así lo plasmó en sus letras.

Cuando la puerta trasera se cerró repentinamente, Sue ni siquiera se movió de su lugar.

Fue como si en el transcurso de un instante el aire se densificara con un aroma somnífero y embriagador.
Con un súbito calor cabalgándole en los hombros levantó la vista, por fin, del relato y dejó caer el lápiz.

Y entonces la vio.

Reconoció la plata en los ojos y en el cuello. El cabello serpenteante hundiéndose en el blanco vestido, el piso inestable bajo sus pies.

''Es hermosa'' pensó con desconcierto.

Su personaje, complaciendo su inconsciente deseo de verla mientras la escribía, la miró fijamente.

Sue no conseguía apartarle la mirada, la luz que emanaba aquel ser era cegadora, despampanante, demasiado bella.

Tanto que no advirtió el cese de su propia respiración, tanto que de sus jóvenes latidos sólo quedaron los ecos.

De todo, lo que nunca imaginó fue que su Muerte resultara tan hermosa...








martes, 29 de septiembre de 2015

Historias, vidas, almas


Gastando la vida

No viajaba con equipaje pesado, prefería cargar con su entusiasmo y las ganas de explorar el mundo. Solía mirar más allá de lo evidente, su curiosidad era la llave para atravesarlo todo.

Captó mi atención desde la primera vez que la vi. No pude ser indiferente a su expresión de picardía y la energía que la envolvía.

Me topaba con ella temprano por las mañanas antes de ir a trabajar. Un día cualquiera, me regaló un simpático ''Hola'' que me tomó desprevenido, y a partir de allí comenzó nuestra amistad.

¡Era fascinante observarla! Ella me ayudó a desvestir la creatividad un día en el que mis pensamientos corrían cuesta arriba.

Y cuando reíamos, no existía el tiempo.

Sus dedos acariciaban el piano con delicadeza. Mientras la escuchaba tocar, se levantaba bailando y la música en la sala seguía sonando.

Fui testigo de sus emprendimientos y locos inventos, un sinfín de travesuras y un espíritu incansable. Costaba seguirle el ritmo, costaba apresarla un segundo entre las manos.

La perdí de vista una tarde de agosto en la que se marchó sin explicación, supongo que buscando nuevas aventuras.

Creí que la monotonía amenazaría mis días desde su partida, pero no lo hizo.
Estaba tan envuelto en su mundo que no había reparado en todo lo que ella me había enseñado.

Desde que tuve el placer de conocerla me despedí del aburrimiento, y es desde que no está aquí que la siento más presente que nunca.

Breve, pero intenso pasaje. Mágico y perdurable.

Hace meses que no sé nada de ella, por eso en la tarde de hoy me dediqué a recordarla, a imaginarla bailando nuevamente en la sala.

A añorarla desordenando el mundo y a imitarla gastando la vida.



Fotografía de Maia Flore.



Pd: texto inspirado en la personalidad llena de vida de Maude, entrañable personaje de la película ''Harold and Maude'' (EE.UU, 1971). Te la recomiendo ;)
Y también, inspirado en las palabras de una vieja y fugaz persona, que un buen día nos dijo a mis amigas y a mí: ''gasten la vida''.




Escape

Encerrado en la cotidianidad de su caja, apretaba las manos con fuerza como si con el gesto aplastara al mundo. Las paredes rebosaban de frío silencio.

Solía estrujar papeles y liberar gritos añejos recluidos en la garganta, y aún así no lograba destrozar la realidad que lo atormentaba.
Podía caminar de un lado a otro con desesperación y lanzar de un golpe el último electrodoméstico que le quedaba, pero tampoco con eso conseguía hacer añicos la tristeza.

Ni el llanto ni la risa le contaban nuevas historias, y ni uno de los que alguna vez le juró fidelidad se acordó de darse una vuelta por aquel lugar.
En cada amanecer partía sin esmero a cumplir con su rutina. Al caer el sol volvía a su caja, y sobrevivía la noche sin pena ni gloria.

Día tras día, se encierra en un sitio en donde no crecen las flores, en donde los atronadores ruidos de sus miedos no le dejan escuchar el resto de sonidos. Hacia donde va la contaminación le arde en los ojos y las raíces secas que tiran de sus piernas le impiden salir.

Se lamenta de no tener a nadie con quien compartir su pesar, de no contar con una boca cómplice que le proporcione las palabras adecuadas. Le parece imposible pensar en algo habiendo tanto desorden en la sala, en su cabeza.

Sin meditarlo, y como acto seguido a una revelación, agarra unos papeles sueltos que se mezclan entre los trastos esparcidos por el suelo.
Una punzada de alivio atraviesa su mano y descansa en el papel; lo mira como a un buen amigo, como al brazo que se extiende ante él para rescatarlo del abismo.

Esperanzado, toma un bolígrafo y empieza a escribir...


Obra de Rafael Zabaleta.




Él

Amable, correcto, guapo: perfecto para el mundo. De sonrisa fácil y encantadora.
Su andar despreocupado dejaba en evidencia un torso atlético y el tono de voz estremecía con sólo una palabra. El estereotipo de belleza para un sociedad dominada por la imagen. 
 
Conquistaba a quien se cruzara en su camino, haciendo uso de su sentido del humor e inteligencia. Era un líder nato, la gente se acostumbraba a seguirle el paso.
Puede que engañara al resto con su actitud, pero mi intuición me gritaba que había algo más detrás de él.

Había un mundo distinto debajo de su apariencia, detrás de su coraza de niño insensible, y me preguntaba a diario qué era lo que lo desvelaba. Qué lo movía al despertarse en las mañanas, adónde buscaría refugio en una noche de tormenta.

De seguro el resto se creía aquello de que era un ''libro abierto'', pero los secretos en abundancia se dejan oler y van soltando finas hebras. ¿Qué será lo que oculta? ¿Quién era él cuando se encontraba vulnerable, apartado de adornos?

Aquellos ávidos ojos que observaban con ganas de comerse al mundo, podían mostrar seguridad delante de los otros, deshacerse de cualquier duda a su alrededor. Pero a mí no conseguía engañarme ese disfraz, y por el contrario, no dejaba de imaginar al ser real detrás del enigmático Adonis.

¿Y si el interior era como una corriente de agua fresca? Un manantial de sueños dormidos.
Tal vez allí existan miles de palabras que ansían ser escritas, o un pájaro cautivo que anhela su libertad.

Aún no consigo saberlo, y mis especulaciones no parecen ser puras fantasías; sigo intuyendo el secreto refugiado en sus labios y oliendo el misterio que desprende de sus ojos.


Fotografía de Nikolas Brummer.


domingo, 21 de junio de 2015

Tiempo, detente






Tiempo, detente, que quiero quedarme observando como se acompasan sus risas mientras ceban el mate de la tarde.

Para, que ahora no deseo más que escuchar esa breve melodía.

Tiempo, tómate un descanso, que el té se enfrió sin haber bebido un sólo trago de su mirada, y puede que la próxima vez que la vea el cansancio le haya tapado los ojos.

Espera, no vayas tan rápido, que él se irá antes de poder contarle sobre las noches de sábado en las que esperé intranquila a que volviera a casa.

Por favor no te los lleves y deja de correr. Prefiero verlos corretear a ellos, meneando felizmente sus colitas y sentir sus narices húmedas cosquilleándome la mano.

No vueles, déjame compartir con ellas otra mañana de túnicas blancas.

No cabalgues lejos sin que antes él me sorprenda con un beso y despeine mi cabello con sus manos incondicionales.

Calla, Tiempo, déjame hablar...

Sé que no puedo encerrarte, no puedo detenerte, pero camina despacio a mi lado mientras me abrazo a este recuerdo.

Sí, te lo estoy pidiendo.

Es que a menudo imagino que logro convencerte y te detienes para complacerme como a una niña caprichosa. Me dejas jugar y chapotear sobre los charcos del ayer; agua tibia me salpica en los tobillos.

Pero te niegas a correr hacia atrás, y sin embargo , todavía anhelo volver a pasar contigo por aquel lugar aunque sea una vez más.

Tiempo, no te vayas, pintemos un último cuadro. Charla conmigo mientras aún estás aquí.

Mañana me dolerá tu ausencia.




lunes, 1 de junio de 2015

Lo que dura un incienso

Reconozco que fui yo la que deseé con fuerzas que nuestra relación fuera así de volátil. Un día sí, un día no, otro quizá tal vez y tú estabas de acuerdo con ello.

La inquietud de perder nuestras libertades nos hizo labrar una pasión desligada del peso del reloj.
En cada encuentro nos dedicamos a partirnos de risa, recordando viejas anécdotas y discutiendo sobre nuestras canciones favoritas.

Hemos construido un mundo ideal de placeres, más allá de lo carnal, refugiándonos con ganas en nuestra jungla de sueños en común y alocadas utopías. Preferimos extrañarnos más de la cuenta en vez de hartarnos y desear con fiereza nuestro propio espacio personal. El aquí y el ahora se convirtió en nuestro lema e hicimos valer cada respiración.

¡Que digan los demás que aquello es falta de compromiso! Da igual, porque tú y yo sabemos que nuestro equilibrado y etéreo universo se compromete a no dejar de brillar y a no detener el vuelo.

A nuestra manera fue que escribimos historias de ideas no consumadas, supimos ser cazadores de miradas perdidas, coleccionistas de risas ocultas.

Y aprendimos a apreciar las caricias que nacen del silencio.

Huelo el aire...

¿Quién nos quita las tardes lluviosas colmadas de música y té? ¿Adónde sino a nuestra memoria partirán las horas que decidimos regalar de nuestras vidas y unificarlas en un beso?

Y veo el humo...

Tanta intimidad sin necesidad de tocarnos, tantas palabras sin un hilo de voz. 
Hemos pateado los escombros, aplastado los prejuicios y burlado los títulos que las presiones externas nos quisieron imponer.

Dejo de sentirlo...

Pienso en esto porque hoy te extrañé de a ratos, incluso más que nunca, lo cual me hace reflexionar.
Me quedo observando el incienso que descansa sobre la mesada de la cocina, aquel de manzana verde que tú me regalaste.

El humo escapa en enrevesados círculos blancos una y otra vez. Se prolongan como brazos queriendo atrapar el aire e impregnarlo con su fragancia.

Y entonces lo comprendo. Me tomo unos segundos para asimilar la analogía reveladora. Puede que así sea lo que tenemos, que así sea nuestro amor. Como HUMO inaprensible a nuestras manos, expandiéndose más allá de nosotros, girando y renaciendo antes de desaparecer por completo.

Perfumando las paredes y penetrando el ambiente con la esencia de su ser, esencias que no son eternas.

Con los ojos cerrados me transporto a nuestros mejores momentos y sé que una parte de mí desea que exista más de aquella vida en las que bailamos de a dos pero sin agarrarnos, y sin embargo...
Presiento que el aroma se escabulle mientras camino por el sentimiento y cuando abro bruscamente mis párpados lo veo partir dejando hilachas suspendidas.

Ahora sé que significa: depende de mí que encienda otro de esos. Depende de ti que quieras volver a arder y convertirte en el humo, el humo breve, relajante e inspirador que cala en mi cuerpo.

Somos tan efímeros como lo que hemos construido y quiero creer que la dinámica de nuestro juego fugaz aún no nos ha embestido, incitándonos a correr tras un vicio del cual es difícil salir.

Es que me he dado cuenta hace unos instantes atrás y puede que sea demasiado tarde:

Nuestro amor dura lo que dura un incienso...


                                                                  Stefano Bonazzi.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Distorsiones

Exhalé y observé lo que tenía delante: la mitad de mi cara sumida en la oscuridad, la otra mitad apenas iluminada por el resplandor del sol que zigzagueaba a mi izquierda.

Mi reflejo en el espejo existía carente de emoción, el original, y también la distorsión del mismo que se desviaba impactando en el lateral del placard.

Las sombras revoloteaban formando garabatos en mi frente, que de hecho podía imaginarlos como la exteriorización de mis pensamientos, enredados, inconclusos, indefinidos, sobrios de a ratos, polícromos otros tantos.

Lo cierto es que la duda disfrutaba de hacerme compañía y me invitaba a clavar la vista hacia mi propia mirada.

Y esa duda, que se manifestaba a través de mí y movía impacientemente mis labios me preguntaba: ''¿qué es lo que ves?''
Sobra decir que no se refería a mi aspecto físico, sino más allá, más allá de la piel.

Me miró desafiante, disfrutando mi silencio, y se disolvió lentamente devolviéndole la autonomía a mi insulso reflejo.

Y es que la certeza no quiso hacer acto de presencia, y más aún, se alejó dando zancadas desde la ventana donde parecía asomarse con timidez. Se fugó junto con la tarde y se confundió entre los tonos del crepúsculo, sumergiendo la habitación y el exterior en la absoluta negrura.

Por hoy ganó la duda, quizá porque la dejé vencer.

Quizá sólo por hoy...




domingo, 19 de abril de 2015

Grietas en la calma

Avanza con la visión borrosa por el cansancio y con los segundos fugándose delante de él.
Quiere parar pero sabe que no debe, porque si lo hace se arrepentirá de ello y no estaba en sus planes sumarle otro capítulo a la culpa. De aquella ya había tenido suficiente.

El camino se alza poderoso, se eleva discretamente pero insinúa una caída importante al otro lado del repecho.
Se limita a seguir la línea blanca, la que divide la calzada y le sirve de guía para no tambalearse. Sabe que falta mucho para llegar, pero preferiría no saberlo.

El ardor en los pies es brutal y más descarado que el que maltrata sus ojos.
Aunque se esfuerce, no logra recordar ningún otro momento en su vida más doloroso y confuso que este.
La sequedad de la boca retuerce su lengua y agrieta la piel de su rostro. El agotamiento se ha encargado de machacarle algo más que el cuerpo y las posibilidades de mejorar parecen esfumarse a cada paso.

A veces tiene arrebatos de voluntad extrema en donde piensa que aún en esa situación inhumana es capaz de olvidarlo todo y seguir adelante, que se recobrará de la nada y echará a correr con tal de llegar antes a su destino. Se olvida que los pies desechos no le permitirán avanzar más de la cuenta.

Pasa el tiempo vagueando en altibajos, a veces demasiado entusiasta, otras con una tristeza insondable. Se debate entre lo que quiere y lo que debe, lo que siente y lo que debería sentir.
Sabe que si se mueve en otra dirección cambiará algo más que el simple rumbo de su marcha, que el paisaje delante de él no contará con su presencia marchita. Quizá las flores de la próxima calle no se merezcan que las toquen con desgano.

Medita sobre lo que hará a continuación, tal vez tome un descanso. De seguro llegue más tarde, pero no duda que con las piernas desentumecidas podrá valorar y transitar mejor el desafiante recorrido.
Y es que el andar se vuelve insoportable, cada latido amenaza con derribarlo y cada pisada golpea su vida, su historia, y desvanece el solitario destello de luz que aún naufraga en su mirada agonizante.

Cuando parece que hasta la libertad de decidir lo ha abandonado, para.
Va en busca de un poco de agua con la cual saciar la sed y un lugar fresco y suave en donde reposar la cabeza. Probablemente encuentre alguna manera de detener la sangrante piel de sus pies y de seguro ese leve receso le ayude a disipar esa neblina en su mente.

¿Qué consecuencia tendrá esta pausa? ¿Y qué ocurrirá con el viaje si el objetivo que anhela se encuentra escondido en otra ruta? No logra esclarecer la duda; tal vez sólo sea el tiempo de recuperar la fuerza, el tiempo de atender sus propios pensamientos y de darle cobijo a una nueva oportunidad.

Ahora advierte que el sentido de las cosas parece pertenecer a una dimensión desconocida, a un laberinto de preguntas sin respuestas o a un acertijo delirante que se mofa de su incapacidad de resolverlo.

Pero en su interior sabe que la esperanza lo habita y le empuja de nuevo, hacia un lugar en donde el cuerpo duela menos y se sienta como en casa.
A aquel sitio en donde sentir, palpitar y vivir, a gusto y con el alma llena


                                                            Víctor Brossa