sábado, 24 de enero de 2015

Hipertensión literaria

Las ideas revueltas, apelmazadas, sin forma, y el ansia del escritor a punto de ebullición se riñen sin control en un espacio denso, manchado de conceptos y pensamientos desencajados.

Un hilo invisible tira de la mano atolondrada y el lápiz a punto de quebrar. 
La frustración se escabulle, juega una carrera con la esencia, y le gana.
Mientras tanto, las palabras que no logran ser escritas escalan por la garganta, mezclándose en un montón de suspenso y saliva.

El escritor sólo quiere que la idea y el relato broten a la par, pero la mano se rebela y el trazo parece de piedra. Los verbos ganan terreno penetrando la carne y el hueso, desesperados por moverse y abrirse lugar. La creatividad rebota, golpea, protruye, se dobla y se desgarra deseando manifestarse.

Y es en ese instante que el escritor relaja sus dedos. Descansa extendiendo su cuerpo, conectándose con las letras. Las piensa, las saborea, las hace suyas...
Las palabras cautivas se acomodan, transitan, vencen los obstáculos del camino y desfilan como sangre por los tejidos. Caminan dispersas en un principio, pero luego se entrelazan y se dirigen extasiadas a su destino incierto.

El escritor lo sabe porque las sintió moverse, las observó saltar y correr por su figura. Percibió a la alegría acalorándole la piel y a la emoción tirándole de los pelos del brazo. Escuchó a la expresión pegándole al corazón...
Y sonrió, cuando la pasión desenfrenada saltó sin avisar, obligando a la mano con el lápiz apretado a bailar en un escenario de papel blanco.



miércoles, 14 de enero de 2015

Dimensiones

Abro mi mano hacia la lluvia y el puñado de gotas se desliza entre mis dedos. Dejo que el agua golpeé mi rostro y se esconda en el embrollo de mis cabellos.  
 
Aaah, qué placer inmenso el del sonido de la precipitación, la sensación de mi ropa empapada y pegada a mi cuerpo. Intento explorar el área, pero la cortina de lluvia no me permite discernir lo que existe ante mis ojos. Sé que hay mucho más allí adelante; ayer lo soñé. 
 
Debería encontrar el columpio rodeado de yuyos secos y la cabaña de madera barnizada, que me esperaría con su inconfundible fragancia. Avanzo siguiendo la vegetación espesa con mis pulsaciones aumentadas ante la incertidumbre, pero aún no distingo nada. Continuo caminando y mi pie se tropieza con una piedra mojada, me tambaleo sorprendida y con mis manos llenas de barro. 

Me muevo unos metros más y es allí cuando me detengo, agudizando la vista y oliendo el aire. Despejo unos cuantas enredaderas antes de dar con ella y la veo. 
No es como me la esperaba, el columpio cuelga de una rama sola y su chirrido siniestro es intolerable. Mi cabaña de ensueño se ve sucia y abandonada, víctima de algún tipo de ataque, llena de polvo y maderas partidas. Aspiro profundamente y un particular olor a humo comienza a picar en mi nariz, ya no llueve y la escena se convierte en otra. 
 
Una fugaz imagen de mi cabaña ideal se despliega en llamas, oigo ruidos y siento tanto calor que me arde la piel. Y desaparece como si nunca hubiese ocurrido, como un efímero sonido imperceptible o un mero producto de mi imaginación. Asustada, giro mi cabeza en varias direcciones buscando algo a lo que aferrarme, pero el panorama continua igual, nada luce alterado. 
 
De seguro no es real, solo lo imaginé. Me acerco al hogar deshabitado con cautela y las imágenes me golpean nuevamente. Observo a una joven sentada al lado de una estufa, risas, sonidos de pasos recorriendo la casa y otra vez las llamas aniquilando todo, consumiendo cada rincón, llevándose la luz de las paredes y ardiendo cada vez más alto. 
 
Esto ya no me gusta y me alejo, corro aterrada aunque el viento me ofrece resistencia y tira de mí como un imán. Tomo un descanso y poso mis manos en las rodillas, recupero el aire y me incorporo. Creí que había avanzado, moví mis pies en otra dirección con la intención de escapar, pero la cabaña sigue allí; esta vez radiante. 
 
Sorprendida, ladeo mi cabeza y aprieto mis dientes buscando respuestas. Lo que está ocurriendo se siente tan extraño, terroríficamente extraño. Me coloco la capucha para protegerme inútilmente del frío y las imágenes superpuestas me tiran sin descanso hacia la locura, llenándome de recuerdos que no sentía míos. Oigo tantos gritos que frunzo el entrecejo, la cabaña se despedaza inminentemente, corro otra vez pero mis pies no avanzan y todo lo que me rodea se desarma sin parar. La joven cerca de la estufa grita, presto atención y me veo a mí gritando, ¿soy yo? 
 
Cierro mis ojos porque ya no quiero ver esto. Cuando los abro estoy de nuevo tropezando con la piedra húmeda, y mis lágrimas se confunden en la lluvia. 
 
El sentido de la realidad ya es un enigma para mí, desconozco lo que es presente y lo que es pasado. No sé si estoy soñando despierta o visualizando un futuro cercano y mi aturdida mente es incapaz de razonar. Siento el humo picándome la garganta, el humo negro no me deja respirar y me encuentro suplicándo bocanadas de aire. Vencida, me acuesto por fin en el suelo y cuando creí que todo había terminado comienzan las vibraciones debajo de mí.

La tierra se parte en dos.

Mi espalda cae al vacío y en mi tórax percibo la sensación del viaje hacia el abismo. Me encantaría poder ver pero todo es tan oscuro, mis manos tiemblan y mis ojos sólo experimentan la duda. No es un recorrido brusco, siento que me desplomo lentamente y que algo reconfortante me recibe abajo.

Cuando arribo al nuevo sitio no logro concentrarme en ningún objeto. No hay nada en este cuadro, no hay siluetas, no existen relieves y es tan blanco que encandila. Tampoco importa cuanto camine, todo lo que me envuelve es igual de albo. Grito, traicionada por una realidad que juega con mis recuerdos según su propia conveniencia , y río de forma maníaca ante lo que me acontece.

Desconozco el momento preciso en el que comencé a navegar por este mar de imágenes y los recuerdos de mi vida son tan tenues que tengo la impresión de que nunca sucedieron. Si me esfuerzo, sé que está allí mi familia, el desayuno con Luis, la última audición, el tráfico en la gran ciudad, mis tardes en la biblioteca de la abuela. Vivencias alejadas o quizá otro acúmulo de fantasías. ¿Dónde despertaré a continuación?, ¿dentro de mi cabaña ?, ¿qué seguirá luego?

Ojalá pudiera ser tangible la realidad de mi propia existencia, ojalá alguien me pellizque y todo vuelva a la normalidad. ¿Cuál es la normalidad? ¿Puede ser posible que haya pasado de una escena a otra durante toda mi vida? Me cuesta trazar el límite entre lo que es verídico y lo que no.  
 
Alterada por mi alrededor y perturbada por mis interrogantes intento pedir ayuda, pero no aparece nadie, sólo estamos la inmaculada visión y yo. Vuelvo una y mil veces más a un presente sin memoria y me pregunto...

Abro mi mano hacia la lluvia y el puñado de gotas se desliza entre mis dedos. Dejo que el agua golpeé mi rostro y se esconda en el embrollo de mis cabellos. Sé que hay mucho más allí adelante. 


 
Sí, ayer lo soñé... 

 

miércoles, 7 de enero de 2015

Me gustaría

Hoy me apetece un café de largos sorbos y espuma pegajosa, vapor ondulante e instantes reflexivos.

Deseo amanecer entre sábanas cálidas y el hocico húmedo de Kayla dándome los buenos días; mirar a través del cristal y que el resplandor matinal entrecierre mis ojos oscuros. 
Quiero moverme y sentir la energía de la actividad en mi musculatura.

Observar por la ventanilla del ómnibus a alguien plantando un árbol y un graffiti en el paredón con una frase liberal. Ojalá me encuentre en el camino a ese muchacho de cabello revuelto y ojalá la plaza del barrio esté llena de gritos y pan. 
 
Espero que durante el día me lleguen buenas noticias y que ese ansiado llamado termine con un ''sí''. Me gustaría asistir temprano al concierto del violinista callejero, entretejiendo alegría con los acordes de Vivaldi.

No quiero oirte narrar el día en escala de grises, ni perderme tus dedos tallando luces en los rostros de papel.
Quiero volver extenuada para compartir el motivo que aún nos queda.
Y que las palabras se vistan de insuficientes.

Que inventemos otras...

Que se oculten en mis brazos y las consuma tu mejilla.


Fotografía de Eduardo Castillo.


Y a ti, ¿qué te apetece hoy?