miércoles, 25 de febrero de 2015

Cinco placeres

Amanece, y al pisar el exterior me saluda un cielo sin nubes. Perfecto, así es exactamente como lo prefiero.
No puedo y no quiero evitar escapar hacia aquella que llamo mi representación mental de la felicidad, la cual convierto en realidad al comenzar mis pasos.
Me dirijo hacia el campo ubicado a dos casas de la mía y me sumerjo en una de mis mayores pasiones: mi querida naturaleza.
Avanzo maravillándome con todo lo que me envuelve, y siguiendo un viejo ''ritual'', exploto mis cinco sentidos y los recorro uno a uno, expectante por lo que encontraré.

Miro y observo una frondosa vegetación, pincelada con una infinita tonalidad de verdes; la brisa impone una danza a las copas de los árboles y los teros no paran de saltar por todo lo ancho.
Aspiro, hasta donde mi capacidad me lo permite y me llevo el fresco aroma de la hierba y de la tierra húmeda que me sostiene.
Escucho, y me sorprendo con el zumbido del viento en mis oídos; el ruido lejano de la ciudad enmudecido por el cantar del pájaro dorado.
Toco, ¿y qué me encuentro? La superficie lisa del pastizal que cosquillea mi palma. 
Mis dedos dividen el tibio aire. La corriente me estremece, me acaricia el cabello y hace volar mi vestido.
El calor del sol viaja sobre mi piel y abraza mi cuello.
Y cuando saboreo, es el gusto de la belleza percibida lo que encuentro en mi boca.

Continúo caminando con mis pies descalzos y el crujir de las ramas debajo.
No quiero detenerme, porque en este momento me siento plena.
Mi cuerpo se imprime en la escena y el tiempo detenido la conserva para siempre, al igual que un pintor inmortaliza su paisaje en el lienzo.

Me atraviesa una incomparable sensación de libertad, sintiéndome en consonancia con el todo, como los acordes de una orquesta que dibujan una bella melodía.
En instantes como aquellos, el sólo hecho de ESTAR te resulta fascinante y te regocijas de respirar ese aire; de solamente existir.

Porque en definitiva estamos vivos y de alguna forma ansiamos que cada parpadear cobre sentido.
Porque a veces lo que experimentamos no podemos transferirlo con palabras, y nos permitimos la sencillez de exhalarlo con una sonrisa. 
No puedes evitar extender tus brazos, arquear tu espalda y absorber ese pedacito de felicidad...

No me limito y sigo, con la tierra húmeda debajo de mí, quién sabe dónde terminarán estos pasos.

Y oigo el canto de los Náufragos en mi cabeza...

''Voy con rumbo a un nuevo mundo, un perro amigo me sigue atrás''.


sábado, 14 de febrero de 2015

Las mil vidas de Viviana

No era de extrañar que Viviana pasara gran parte de su tiempo encerrada, en aquella habitación silenciosa y dueña de un amargo misterio. Extraño resultaba su comportamiento para el resto.
En aquella mañana de otoño, se limitaba a contemplar el techo de su dormitorio con la mirada vacía e intentando aprisionar las lágrimas acumuladas en sus ojos sin lograrlo.

La visión llenó todo el espacio sin preverlo, no dejó ni un sólo recuerdo propio.

Cecilia tironeaba agresivamente con un sujeto en aquel monte desolado, intentando zafarse y pidiendo ayuda, pero nadie acudía a darle una mano. ¿Cómo pudieron hacerle eso a ella? Era desgarrador.

Viviana enjuagó bruscamente la humedad de su rostro y miró hacia el reloj apoyado en la mesa de luz; se le hacía tarde, debía asistir a clases.
Una vez en el salón del Colegio se dispuso a tomar asiento en el sitio más alejado, ya que no había ninguna necesidad de llamar la atención, no más de lo que lo hacía habitualmente.
Encorvada y con un mechón de cabello negro cayendo en su mejilla escuchó atentamente a la profesora Elisa, mientras esta dictaba la clase de geografía.
Nuevamente y sin previo aviso la visión nubló el aula y su entereza.

Una joven, un hombre de mediana edad, una disputa...un perdón deseado pero nunca consumado.

El padre de Elisa había sido un hombre formidable.¿Cómo hizo ella para preferir su fiero orgullo antes que la mirada llena de historias de él? Aquel que ahora sólo la acompañaba en su memoria, luego de que esa odiosa enfermedad la alejara de su abrazo.
A Viviana se le hizo difícil tolerar las emociones que le provocaron esas imágenes, pero el timbre del receso le ayudó a quitarle su ensoñación.

Avanzó hacia el pasillo camino a la biblioteca con la ilusión de que el resto de su día fuera más ameno, sin embargo no corrió con esa suerte.
Sus piernas temblequearon y en su pecho sintió de nuevo una congoja al observar a Claudio dirigirse en su dirección, con la obvia intención de saludarla.
Le bastaron un par de palabras para notarlo. Su hermano recientemente herido se negaba a abrir los ojos, su cuerpo inmóvil se encontraba en un sólo lugar, pero la nostalgia de su enérgico andar aún penetraba toda su casa.

Ella pudo vislumbrar en el semblante del muchacho la preocupación que lo aquejaba y también al resto de su familia.
No era únicamente que su hermano estaba postrado sin querer despertar, sino que la vida de Claudio se había detenido desde entonces. Existía angustia depositada en cada una de las líneas de su rostro; su marcha suave y despreocupada no lograba coincidir con ese interior roto, revuelto y lleno de gritos ahogados.

Así sucedía con todas las personas con las que Viviana intentaba relacionarse.
Todas sus tristezas y sufrimientos juntos y en carne viva, sintiéndolos en su propia piel.
Como si pudiera ocupar esos cuerpos por unos instantes y absorber toda la pena de esas almas, convirtiéndose aquella en su propia pena.

No sabía con exactitud en qué momento había comenzado su calvario, ni qué lo había provocado. Sólo tenía la certeza de que el hecho de vincularse con alguien y que este le brindara su amistad era suficiente para que comenzara la tortura del dolor ajeno, y aquella no paraba hasta que se calaba en sus huesos. Junto con sus seres queridos venía de obsequio lo que les rompía la calma, y todo lo que los atormentaba sin descanso era consumido por Viviana con una fuerza sobrenatural.

No paraba de preguntarse por qué a ella, no paraba de imaginar la existencia de alguien más que pudiera sentir lo mismo. ¿Qué debía hacer con lo que le ocurría? Ayudar a esas personas siempre era su primera opción aunque fuera doloroso para ella, injustamente doloroso.
Como era de esperarse, no siempre lograba hacer una diferencia en sus vidas por más compasión que les tuviese.

Al no poder frenar lo que le sucedía intentó aliarse a la soledad, con la esperanza de que la misma apaciguara su tormento. La compañía significaba para ella el comienzo de mil visiones sin retorno.Trató de socializar con extraños, pero se volvía duro con el pasar del tiempo.
Deseaba tanto poder querer de lleno y no a medias tintas, deseaba con fervor devolver otra sonrisa de vuelta y conservar cada encuentro como si fuese un tesoro, pero dañaba más de lo que ella se hubiera imaginado.

Su mente ansiosa de respuestas no le daba respiros. A la tarde se interrogaba y reflexionaba, mientras observaba el patio trasero y bebía algo caliente: ''¿hasta qué punto es normal sentir la tristeza del otro?, ¿cuánto podemos empatizar con sus problemas y sufrimientos? ¿De verdad entendemos cuando decimos ''te entiendo''? No tenemos ninguna idea de lo que el otro padece. Nuestra propia experiencia condiciona e interpreta el sentir ajeno. Los demás podrán decir que se ponen en el lugar de aquellos que sufren, pero la verdad es que carecen de una noción real sobre lo que estos están atravesando.
Dudo que lo soporten si realmente estuvieran en sus zapatos. O en los míos, en todo caso''.

Las preguntas sin resolución se evaporaban en el transcurso en que se enfriaba su té.
Al final del día volvía a su eclipsada habitación, se arropaba hasta la cabeza y lloraba hasta quedarse dormida.

Mucho se dice de como terminó su historia, poco se sabe realmente.
Se rumorea que se animó a vivir intensamente sin importar las consecuencias.
Que ansiaba tanto una vida y problemas propios que se hizo cargo de lo que le ocurría de una forma admirable. Se escuchó que abandonó sus miedos y se entregó al placer de la compañía, que su compasión y amabilidad la rodeó de amigos. Cuentan que supo ser buena consejera, que se las arregló para lograr ser feliz...

Pero que durante las noches, desde la más fría hasta la más cálida, sus sollozos se colaban por lo alto y a muchos les interrumpía el sueño; los sollozos que emitía por sentir el dolor y la pena de su mundo entero.

Hasta el día de hoy rondan las preguntas acerca de Viviana. 
Aunque nadie duda que soportó mil vidas en un único cuerpo.

Más de mil latidos prestados y en un sólo corazón.




lunes, 2 de febrero de 2015

El Hombre de Viento

Allí en la ciudad de Neisurio, vivía El Hombre de Viento.
Joven y silencioso, de apariencia frágil e inofensivo, no tenía piedad al momento de explotar la virtud ni de zumbar incompasivo.
Había sucedido un sábado a la tarde, en el curso de una tormenta de verano.
Se sintió deslumbrado por el tornadillo que hacía frente alrededor de su casa, y el uso del diminutivo puede ser paradójico, ya que la fuerza implacable de aquel fenómeno y la omnipotencia de su andar resultaban alucinantes e inigualables.

Sintió celos de aquel flujo de gases, quiso él también sentir tanto poder en su cuerpo y tanta repercusión a su paso. Enceguecido e irracional, corrió a máxima velocidad hacia el objeto de su deseo y se quedó allí a merced del viento.
Se entendieron tan bien que le costaba creerlo; parecían pertenecerse, complementarse. 
Experimentó al elemento hasta en lo más profundo de su conformación y a partir de allí vio nacer la cualidad.

Ahora, él también podía derribar todo por su camino, podía crear ráfagas y convertirse en huracán.
Se pasaba el día jugando con las faldas de las damas, armando puzzles en su cuerpo con las hojas caídas del otoño y soplando flores secas. Creaba torbellinos con sus manos y la brisa que emanaba de su cuerpo le permitía flotar dentro de su ropa.
Luego, sintió la imperiosa necesidad de exigirse mucho más, de ejercitar su habilidad y probar de lo que era capaz.
Si bien intentaba no hacer destrozos, era habitual que se saliera con la suya, que volara letreros y que despedazara el techo de alguna casa.


Nunca fue tan feliz como cuando giraba a toda velocidad, nunca se divirtió tanto despeinando los cabellos, ni se sintió tan pleno como cuando formaba olas en el mar con su aliento.
Sin embargo, su condición tenía un precio y él no era muy consciente de ello. 
El viento se alimentaba de su energía y viceversa, pero el intercambio de potencia e intensidad no era equitativo: el viento siempre seguiría siéndolo, en cambio, él sería por siempre ''El Hombre de''.

No importaba cuanto bufara ni que tan poderoso resultara ser El Hombre de Viento, se desvanecía de a poco con cada ventisca, con cada remolino. Su fuente de sustentación lo consumía lentamente, agazapado y sigiloso. Parecían cómplices en sus andanzas, compañeros en sus bruscas apariciones, pero era una alianza temporal y con un final predecible. El ingenuo desconocía las intenciones de su nuevo amigo, no concebía la idea de dudar de esa unión que había transformado su apática vida y le había brindado un poder, a su consideración, ilimitado.

El Hombre de Viento, embriagado en su ambición y sintiéndose más vivo que nunca, se apagaba con cada movimiento. Su naturaleza se aplacaba delante de sus víctimas, que lo miraban burlones ante su desdibujada autoridad.
Y una noche de septiembre, radiante y febril, El Hombre de Viento salió de paseo por la ciudad.

Se encargó de desordenar los jardines y de partir cristales con su risa retumbante.
Hizo volar automóviles y percutir postes de luz. La euforia no le había permitido notar su creciente debilidad, pero al regreso El Hombre de Viento se sintió más abatido que nunca, y cuando intentó echarse a correr sus piernas inmóviles lo traicionaron, disipando su dominio y su vigor.

¿Qué habrá sido del Hombre de Viento?


Dicen que no le quedó ni la fuerza de un suspiro...