sábado, 14 de febrero de 2015

Las mil vidas de Viviana

No era de extrañar que Viviana pasara gran parte de su tiempo encerrada, en aquella habitación silenciosa y dueña de un amargo misterio. Extraño resultaba su comportamiento para el resto.
En aquella mañana de otoño, se limitaba a contemplar el techo de su dormitorio con la mirada vacía e intentando aprisionar las lágrimas acumuladas en sus ojos sin lograrlo.

La visión llenó todo el espacio sin preverlo, no dejó ni un sólo recuerdo propio.

Cecilia tironeaba agresivamente con un sujeto en aquel monte desolado, intentando zafarse y pidiendo ayuda, pero nadie acudía a darle una mano. ¿Cómo pudieron hacerle eso a ella? Era desgarrador.

Viviana enjuagó bruscamente la humedad de su rostro y miró hacia el reloj apoyado en la mesa de luz; se le hacía tarde, debía asistir a clases.
Una vez en el salón del Colegio se dispuso a tomar asiento en el sitio más alejado, ya que no había ninguna necesidad de llamar la atención, no más de lo que lo hacía habitualmente.
Encorvada y con un mechón de cabello negro cayendo en su mejilla escuchó atentamente a la profesora Elisa, mientras esta dictaba la clase de geografía.
Nuevamente y sin previo aviso la visión nubló el aula y su entereza.

Una joven, un hombre de mediana edad, una disputa...un perdón deseado pero nunca consumado.

El padre de Elisa había sido un hombre formidable.¿Cómo hizo ella para preferir su fiero orgullo antes que la mirada llena de historias de él? Aquel que ahora sólo la acompañaba en su memoria, luego de que esa odiosa enfermedad la alejara de su abrazo.
A Viviana se le hizo difícil tolerar las emociones que le provocaron esas imágenes, pero el timbre del receso le ayudó a quitarle su ensoñación.

Avanzó hacia el pasillo camino a la biblioteca con la ilusión de que el resto de su día fuera más ameno, sin embargo no corrió con esa suerte.
Sus piernas temblequearon y en su pecho sintió de nuevo una congoja al observar a Claudio dirigirse en su dirección, con la obvia intención de saludarla.
Le bastaron un par de palabras para notarlo. Su hermano recientemente herido se negaba a abrir los ojos, su cuerpo inmóvil se encontraba en un sólo lugar, pero la nostalgia de su enérgico andar aún penetraba toda su casa.

Ella pudo vislumbrar en el semblante del muchacho la preocupación que lo aquejaba y también al resto de su familia.
No era únicamente que su hermano estaba postrado sin querer despertar, sino que la vida de Claudio se había detenido desde entonces. Existía angustia depositada en cada una de las líneas de su rostro; su marcha suave y despreocupada no lograba coincidir con ese interior roto, revuelto y lleno de gritos ahogados.

Así sucedía con todas las personas con las que Viviana intentaba relacionarse.
Todas sus tristezas y sufrimientos juntos y en carne viva, sintiéndolos en su propia piel.
Como si pudiera ocupar esos cuerpos por unos instantes y absorber toda la pena de esas almas, convirtiéndose aquella en su propia pena.

No sabía con exactitud en qué momento había comenzado su calvario, ni qué lo había provocado. Sólo tenía la certeza de que el hecho de vincularse con alguien y que este le brindara su amistad era suficiente para que comenzara la tortura del dolor ajeno, y aquella no paraba hasta que se calaba en sus huesos. Junto con sus seres queridos venía de obsequio lo que les rompía la calma, y todo lo que los atormentaba sin descanso era consumido por Viviana con una fuerza sobrenatural.

No paraba de preguntarse por qué a ella, no paraba de imaginar la existencia de alguien más que pudiera sentir lo mismo. ¿Qué debía hacer con lo que le ocurría? Ayudar a esas personas siempre era su primera opción aunque fuera doloroso para ella, injustamente doloroso.
Como era de esperarse, no siempre lograba hacer una diferencia en sus vidas por más compasión que les tuviese.

Al no poder frenar lo que le sucedía intentó aliarse a la soledad, con la esperanza de que la misma apaciguara su tormento. La compañía significaba para ella el comienzo de mil visiones sin retorno.Trató de socializar con extraños, pero se volvía duro con el pasar del tiempo.
Deseaba tanto poder querer de lleno y no a medias tintas, deseaba con fervor devolver otra sonrisa de vuelta y conservar cada encuentro como si fuese un tesoro, pero dañaba más de lo que ella se hubiera imaginado.

Su mente ansiosa de respuestas no le daba respiros. A la tarde se interrogaba y reflexionaba, mientras observaba el patio trasero y bebía algo caliente: ''¿hasta qué punto es normal sentir la tristeza del otro?, ¿cuánto podemos empatizar con sus problemas y sufrimientos? ¿De verdad entendemos cuando decimos ''te entiendo''? No tenemos ninguna idea de lo que el otro padece. Nuestra propia experiencia condiciona e interpreta el sentir ajeno. Los demás podrán decir que se ponen en el lugar de aquellos que sufren, pero la verdad es que carecen de una noción real sobre lo que estos están atravesando.
Dudo que lo soporten si realmente estuvieran en sus zapatos. O en los míos, en todo caso''.

Las preguntas sin resolución se evaporaban en el transcurso en que se enfriaba su té.
Al final del día volvía a su eclipsada habitación, se arropaba hasta la cabeza y lloraba hasta quedarse dormida.

Mucho se dice de como terminó su historia, poco se sabe realmente.
Se rumorea que se animó a vivir intensamente sin importar las consecuencias.
Que ansiaba tanto una vida y problemas propios que se hizo cargo de lo que le ocurría de una forma admirable. Se escuchó que abandonó sus miedos y se entregó al placer de la compañía, que su compasión y amabilidad la rodeó de amigos. Cuentan que supo ser buena consejera, que se las arregló para lograr ser feliz...

Pero que durante las noches, desde la más fría hasta la más cálida, sus sollozos se colaban por lo alto y a muchos les interrumpía el sueño; los sollozos que emitía por sentir el dolor y la pena de su mundo entero.

Hasta el día de hoy rondan las preguntas acerca de Viviana. 
Aunque nadie duda que soportó mil vidas en un único cuerpo.

Más de mil latidos prestados y en un sólo corazón.




6 comentarios:

  1. Aunque nadie duda que Socorro mil vidas en un único cuerpo.
    Más de mil latidos prestados y en un solo corazón.
    Que tristes y bellas frases!
    Me encantó lo que escribiste! Afloraron mil recuerdos.
    Muchas gracias por compartir. Besos!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias a ti Lety, por el comentario. Me alegra que te haya gustado. Gracias por pasar, un saludo :)

      Eliminar
  2. Qué texto tan precioso, Sal Yin! La delicadeza con que describes el sentimiento de la protagonista y su historia, las reflexiones que planteas sobre la empatía, las cuestiones que quedan en el aire sobre lo que con ella ocurrió y que en realidad son nuestras propias opciones en la vida... no tiene ni una sola letra de más o de menos, es perfecto!! Me ha encantado, creo que se nota, no?? jajajaja.

    Un abrazo grande y feliz tarde de domingo!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jaja. ¡Qué linda, Julia! Cuanto me alegra que te haya gustado y que lo hayas disfrutado. Me agradan tus visitas y tus palabras siempre cordiales. Feliz semana, nos seguimos leyendo. ¡Un fuerte abrazo!

      Eliminar
  3. Me ha encantado. Este mundo necesita algo más de capacidad para comprender a los demás. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Estoy de acuerdo, José. Me alegra que te haya gustado. Gracias por la visita, es un placer tenerte por aquí. Saludos.

      Eliminar