lunes, 23 de marzo de 2015

Sueños olvidados

Arturo se vio reflejado en el cristal del portarretratos que colgaba de la pared. La luminosidad de la mañana le confería un rasgo de alivio a su semblante.

Mientras observaba el objeto, se dejó viajar a través del recuerdo y visualizó a un hombre en su primer día de trabajo; su mente le brindó el momento exacto en el que calzó sus guantes y se inició en su puesto con alegría.
Atrás quedaban las horas de servicios prestados y la ferviente energía de aquel joven lleno se ilusiones.

Más atrás aún quedaba el niño que lo miraba desde la fotografía en la pared, el que llevaba la cara sucia de tierra, el cabello disparejo y la sonrisa recién estrenada.
De repente, una figura femenina se sumó a su reflejo en el cristal.

-Adorabas esa cabaña de madera. Tu madre decía que podías pasar todo el día allí metido. Aún puedo escucharla gritar todas las tardes, llamándote a la hora de la merienda y vos ni caso. Siempre tenía que ir ella y traerte de regreso.
-Me transporta a los mejores recuerdos. Creo que ahí dentro fui feliz por primera vez.

Graciela recostó su cabeza en el hombro derecho de Arturo y examinó junto a él.
El pequeño Arturo se encontraba trepado en lo alto de un Timbó, y debajo del mismo una preciosa cabaña de madera desgastada destacaba en la imagen.

-Ya sé qué podría animarte. Es una locura, en verdad, pero lo vengo pensado hace meses y lo que acabas de decir confirmaría con gusto mi corazonada.
-Te escuchodijo él.
-¿Qué te parece mudarnos? Hacia nuestra propia cabaña.

Arturo lanzó una carcajada que hizo vibrar su espalda y movió la cabeza de un lado al otro. No imaginaba tal proposición.

-Mi esposa ha enloquecido.-bromeó -¿Así sin más? ¿Vendemos nuestra casa de toda la vida y nos precipitamos a explorar nuevos horizontes?dijo, articulando con tono solemne.
-Recuerdo esa idea saliendo de tu boca hace un par de años atrás. ¿Vos no? Has perdido la capacidad de hacer locuras- Graciela no estaba dispuesta a dejarse vencer.
-Los chicos no estarán de acuerdo. Toda su historia reside en estas paredes.
-Tienen su propia vida, Arturo, lo entenderán. Contamos además con nuestros ahorros, siempre dijimos que haríamos algo grande con ellos.

Él la miró confuso y luego volvió la vista hacia el cuadro, pensativo.
-Amo esta casa, hemos vivido aquí casi toda la vida, sin embargo, nunca la sentí del todo propia. En ocasiones la siento grande y vacía. No sé cuando fue la última vez que nos arriesgamos a hacer algo nuevo. Quizá tengas razón, quizá la rutina acabó por apagarnos.
-Y quizá ahora sea el momento perfecto para volver a encenderse -recitó ella.

Los ojos de Graciela relucían de brillo, los de Arturo le siguieron el paso. Los días anteriores habían sido difíciles, un desempleo en injustas condiciones había dejado a Arturo desligado de un oficio al cual le había dedicado años de leal esfuerzo. El desánimo lo invadió desde ese momento y se resistía a abandonarle el cuerpo. 

Luego de semanas de intensa reflexión y de considerarlo seriamente, Arturo y Graciela partieron en busca del terreno adecuado en donde concretarían la idea.
Se encargaron de rodearse de pinos y del susurro de una laguna pequeña y diáfana de la que se enamoraron al instante, probablemente porque el cielo jugaba a revelarse a través de ella.

Tendrían mucho trabajo por delante ya que pensaban construir la casa con sus propias manos.
La tarea les llevó más tiempo y dedicación de lo que habían estimado. En varias oportunidades, Arturo se dejó desalentar por la preocupación:
-A veces pienso, ¿no estaremos cometiendo un error? -se lamentaba.
-Yo creo que estamos haciendo algo maravilloso. 
Adoro ver a los chicos de nuestro lado. De seguro lo disfruten tanto o más que nosotros.

Graciela era una mujer optimista. Caminaba por el mundo motivando a todos e incitando a seguir con confianza las intuiciones. Arturo, por su parte, resultaba más precavido y no dejaba que las emociones ni los ímpetus le dirigieran la existencia. No obstante, había aceptado con gusto la propuesta de ella.

Necesitaron la ayuda de muchos; sus hijos, reacios al principio con la idea, terminaron por aceptar el cambio y accedieron a colaborar con ellos. Familiares y amigos, se sumaron entusiasmados al nuevo emprendimiento.

Día tras día el trabajo parecía haber valido la pena, la casa empezaba a cobrar forma y verla terminada los inundó de gratificación.
Resaltaba en la escena al igual que lo hacía la pequeña cabaña de la fotografía en la pared.

Aquel hogar era el que soñaban desde jóvenes y que recordaba la feliz infancia de Arturo, y por qué no la de su vecina, la traviesa que lo observaba en secreto en aquel entonces. La misma chica con la que años más tarde compartiría sus amaneceres.

Para ellos, construir su nuevo lugar significaba retomar las riendas de su vida, significaba dejarse llevar por aquellos viejos sueños apartados en el rincón más alejado del cajón. Los sueños a los que uno renuncia, o desecha, porque permite que las diferentes dinámicas de la realidad cotidiana le digan que aquello que se desea no tiene sentido, o es descabellado.
Habían superado lo que los limitaba y se animaron a creer en lo que una vez anhelaron.

No demoraron en disfrutar de su nuevo espacio. 
Aquella tarde, Arturo escrutaba a través de la ventana al sorprendente paisaje que les daba refugio. De seguro no podía existir un lugar más hermoso que ese, o sí.
Existía en la atmósfera que habían creado. Existía en el montón de segundos vividos con Graciela, en las épocas rosas y grises de su vida, en los recuerdos que de a ratos le estampaba su memoria, y en los abrazos de ella, los abrazos que se apoderaban de él y lo liberaban al mismo tiempo.

Afuera hacía frío, adentro el calor del fuego pasaba desapercibido porque otra clase de calidez se mostraba más duradera. 
Graciela se sentó en el sofá, su mejilla descansaba en el dorso de su mano, y su camisa celeste claro conjugaba con los tonos irregulares de su mirada. Los años habían pintado hileras del color de la plata en su cabello rizado, y el gesto de sus labios sólo conseguía emitir paz al ambiente.

Arturo la observó fijamente; el aire olía a Eucalipto.
La frágil luz del ocaso escribió frases ilegibles en los surcos de la mesa de la sala de estar. ¿Quién sabe?, tal vez eran de amor.
Con el torso recostado en el sofá y en calma, él se ocupó de engullir el instante que le era regalado.
Lo conservó en el baúl de los días felices, mientras bebía su café y elevaba con ganas las comisuras de su boca.

        ''Atardecer en la Cabaña del Bosque'' . GILDARDO ZAMBRANO PANTOJA. 


sábado, 7 de marzo de 2015

Desencajada

Cargaba con un indicio de esperanza en los ojos, una boca taciturna con la que acallaba sus sueños.
Así vagaba entre la gente, con el perfil bajo y la voz desconocida.

No le atraían las charlas ni se identificaba con palabras corrientes, por eso deambulaba con lenguaje propio. 
Vivía y moría entre cuentos y versos.

Intentarlo parece tarea diaria para quien no encaja en ningún lado, para quien no logra estar en sintonía con el resto del mundo, aquel mundo que construye vacíos y trata con indiferencia.

La incomprendida huía hacia sus acogedoras fantasías y edificaba su propia realidad en el verde terreno de su alma.

En ocasiones intentó hallarse entre ese mar de extraños, pero ahogó la tonta ilusión de corresponder y por un momento se sintió caer en la profundidad.
Se acostumbró a vivir bajo la mezquindad de aquellos que no aceptan lo diferente.

Y aunque cedió a existir sin pertenecer a ningún lado se hizo de un mundo propio, el mismo que visitaba en sueños, aquel del cual era dueña infinita.

Quizá pasaba más horas allí que en el mundo de los despiertos, porque en ese sitio no existía el miedo y la inseguridad se desvanecía. Allí podía ser y hacer lo que ella quisiese, no había quien pudiera frenarle el espíritu.

A veces, elegía fugarse del onírico paraíso convertida en un ser irreal, y volvía a la tierra de los otros, en donde nadie solía verla. Pensaba en lo bello de sentirse tan liviana y despegada de sus problemas terrenales.

Sería perfecto observarlo todo desde allí, si no fuera por aquella persona que se arrastraba conforme pasaban las horas y que fundía su peso con el colchón que tenía debajo, obligándola a volver a su lugar.

Aquel ser irreal sabía exactamente qué era lo que se necesitaba para abrirle los ojos; y se quedó flotando alrededor de su cuerpo dormido, con la paciente espera de quien desea verse despertar.



Fotografía de Scott Rhea.