sábado, 30 de enero de 2016

Frío en el andén

Dos vagones me separan de tu rostro, distancia que finge ser eterna en la oscuridad de la estación. Mis manos inseguras juguetean en los bolsillos de la campera, al mismo tiempo en que el tren retoma su marcha y se aleja con su habitual traqueteo, mientras nosotros, de este lado de las vías, nos quedamos atascados en el tiempo.

Transcurrieron varios otoños desde aquel en que nos vimos por última vez y nos despedimos para tomar caminos diferentes. Que fue difícil no es ninguna novedad, tampoco que mantuve fresca la promesa de un reencuentro. 

Me mostraba firme mientras los días retomaban su color, dejé de verte en mis pensamientos, aunque el hecho de que me encuentre aquí esta noche es fiel evidencia de que fallé en mi intento inútil de dejarte marchar. 

Me sorprende la frecuencia con la que nos engañamos a nosotros mismos y desdeñamos a ese embrollo interior que nos queda por desenredar. Como si ignorando al dolor lográramos desterrarlo, como si no gritara lo suficiente mientras se retuerce y se desgarra la piel dentro de su burbuja irrompible.

Qué fácil es ser indiferentes. Parecen ser pocos los que se atreven a escarbarse, a enfrentar a sus peores fantasmas y buscarle una salida a la pena.

Yo no fui una de esas.

La noche fría alcanza mis mejillas y me trae de regreso a la realidad; sigo observándote con detenimiento, pero no volteas. 

Estremece saber que después de todo este tiempo todavía decides pasear por esta estación, merodear entre sus muros grafiteados, deslizarte en el mismo banco y revolotear entre la gente, con el mismo aire de esperanza al andar.

Te inmortalizas en este lugar y en mí, aunque las punzadas de vehemencia que padezco se empeñen en rememorarte de forma intermitente, al igual que el parpadeo de la luz enfermiza que se desprende de ese foco a escasos pasos de tu figura.

Fue en este mismo sitio en donde mi obstinación apagó tus ilusiones. El andén en donde me rendí por primera vez mientras soltaba tu mano. 

Mis miedos y el tren te alejaron de la ciudad.

Y ahora aquí, mirándote desde mi posición, me pregunto qué te diría si tuviese la posibilidad de volver a hablarte, pero ya es tarde. Esta vez fue la misma vida la que te llevó a otro lugar.

Me consuela pensar que fue breve la agonía.

Las palabras arden y perforan mi garganta, un enjambre de sentimientos me escuece y no tolero el impacto de lo irremediable; da igual que haga o piense, ya no volverás a estar cerca de mí.

A través de mi visión empañada observo como palidece tu recuerdo, que camina sin rumbo calle abajo y me aprisiona en las horas silenciosas que aún le quedan a esta noche.

Y otra vez vuelvo a quedarme sola.

Sola con mi orgullo y el tren…


Fotografía extraída de la red.