domingo, 17 de abril de 2016

La danza sin fin


Andrew Atroshenko


Tan sólo quería bailar a como diera lugar y por el resto de mis días, pero evidentemente no era esto a lo que me refería. 
Comprendí con brusquedad que no me alcanzaron las extenuantes clases, ni los prolongados y exigentes ensayos, tampoco las horas que volcaba a seguir perfeccionando mi técnica, ni los sacrificios a los que era capaz de someterme con tal de dejar el alma en esta que es mi pasión.

Fue tan desbocado mi anhelo, tan arraigado el deseo de rodearme de la danza, el deseo de brillar mientras mi cuerpo flotaba con virtuosismo, envuelta por la música y a la vista de todos. 
No comprendo cómo es que sucedió ni de qué manera mis ansias de perfección desembocaron en este completo sinsentido.

Los pies me duelen, la espalda se me parte en pedazos por el incómodo y mantenido arabesque.
Tengo las mejillas endurecidas por conservar esta insípida sonrisa, el estómago revuelto de tanto girar.
Ya no puedo tolerar esta melodía repetitiva que a esta altura de mi tormento se me antoja lúgubre y vil.

Intento recordar el momento exacto en el que desperté aquí, y sin embargo sólo alcanzo a escuchar el susurro de una voz indescifrable que me interroga: ¿así que quieres bailar?

¡Esto es ridículo e imposible! Tampoco logro descubrir la forma de librarme de esta pesadilla; ojalá me caiga y me haga pedazos, al igual que el resto de la baratija de la que ahora formo parte. 

¿Así que quieres bailar? 

Me prefiero rota antes que atrapada, y es en vano intentar comunicarme porque mi voz es engullida y se pierde entre los límites del insignificante envase en el que estoy contenida.

¿Así que quieres bailar?

¡Basta, por favor! La curiosa voz en mi cabeza, y de repente tan parecida a la mía, ahora ríe a carcajadas.

Y todos los días, luego de que llega de sus clases, mi pequeña hermana pone a rodar el espectáculo con el irónico objetivo de recordarme, o de aminorar la sensación de pérdida que le provoca mi supuesta ausencia.
Todas las tardes y en un lapso de tiempo que se me vuelve una eternidad, comienza la función que ofrece la cajita musical del infierno, y yo, con mi adorable atuendo de porcelana, mi brillante e inexpresivo rostro y mis elevados empeines que parecen de ensueño sólo bailo...




Bailo...




Bailo...